Cómo se hizo: primer borrador

    Un buen día, durante las vacaciones de verano, no lo pensé más y me senté frente al ordenador a escribir de forma más o menos compulsiva. Tenía muchas ideas en la cabeza y tenía que hacer algo con ellas. Como alguien me dijo, "un viaje de mil millas comienza con un simple paso" (parece ser que la cita es de Lao Tse, http://es.wikipedia.org/wiki/Lao_tse). De un golpe creo que escribí el primer capítulo entero, y luego en los días sucesivos seguí escribiendo sin pensar demasiado en el resultado.

    Luego me tranquilicé un poco. Dedicaba una o dos horas al día, sin agobiarme demasiado. Cuando me quise dar cuenta llevaba escritos diez capítulos. En ese momento me detuve. Aquello pintaba muy bien, y tenía muchas ideas para continuar, pero estaban todas desordenadas, y no tenía muy claro dónde me estaba llevando la historia. Así que decidí hacer un alto y meditar bien el resto del argumento. Estuve dos días jugando al Tetris con las ideas que tenía, intentando que todo encajase sin dejar huecos, con la mirada perdida y casi sin hablar con nadie. MI novia me miraba de vez en cuando y me preguntaba: "¿pero seguro que estás bien?". La pobre, no lo entendió hasta muchos meses después.

    Después de esos dos días tuve otro rapto de frenesí. Me senté al ordenador no sé cuántas horas y me tracé "una ruta" del resto de capítulos. Hice algo así como los "storyboards" que utilizan los cineastas para ordenar las secuencias de las películas antes de que sean filmadas. Y luego hice algo que creo que me ayudó mucho: escribí el final. Creo que fue muy útil, porque me ayudó a desechar ideas, a no tomar desvíos que no conducían a ningún sitio.

    Luego vino una parte difícil, porque me fui de viaje y tuve que hacer un parón en el proceso de escritura. Tenía miedo de perder ritmo. Concluído el viaje tuve que volver al trabajo (como todo hijo de vecino), así que ya sólo pude dedicar una hora o dos por las noches. No obstante, el hecho de poder "ver" la novela aunque todavía no estuviera escrita me ayudó mucho. Es más fácil hacer el esfuerzo de continuar escribiendo cuando ya sabes por dónde tienes que ir. Por tanto, al menos en mi caso, fue fundamental tener un poco de calma y tiempo libre durante las vacaciones.

    El proceso de escritura tuvo uno o dos parones más debido a cursos y a picos de trabajo que surgieron por aquella época, pero siempre que podía le dedicaba al menos un ratito. Y entonces ocurrió: a los cuatro meses de haber empezado una noche terminé de escribir el último capítulo.

    No me lo podía creer, fue muy emocionante. Tienes que imaginarte un cuarto de estudio, a eso de las doce de la noche, con todas las luces de la casa apagadas excepto el flexo de mi mesa, y el edificio en silencio. Solo estábamos el zumbido del ordenador y yo, y aquella última frase de la novela que sólo se entendía si previamente te leías las cuatrocientas y pico páginas que acababa de terminar. No pude evitar sonreir. Me costó mucho dormirme aquella noche.

    Uno o dos días después imprimí la novela y la guardé en un cajón, y la dejé allí hasta que hubieran terminado las fiestas de Navidad. Creí que me vendría bien descansar un par de semanas, y así lo hice. Luego, en enero, busqué tiempo para ir leyendo un poco por las tardes y hacer una primera valoración. Y tengo que confesarte algo: cuando terminé me eché las manos a la cabeza. ¿Que por qué? Sigue leyendo la siguiente sección...